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Pastor Charles Stanley


Mateo 1:16-17 (Reina-Valera 1960)

16 y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo. 17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.

La genealogía de Jesús puede no parecer emocionante, pero el contexto de Su linaje es importante. La Biblia traza Su árbol genealógico para revelar la obra de Dios a través de la historia. Todo, desde el Edén, hasta Belén y el Gólgota, y aun más allá, estaba previsto.

En el jardín del Edén, la desobediencia introdujo el pecado en el mundo, corrompiendo la naturaleza del hombre. Por tanto, Dios proveyó ayuda inmediata y a largo plazo. Derramó la sangre de un animal para que su piel pudiera cubrir la desnudez de Adán y Eva. Además, puso en marcha acontecimientos que culminarían convirtiendo a Su Hijo en el Cordero sacrificial de Dios.

Como parte de Su plan, el Padre celestial prometió bendecir la raza humana por medio de los descendientes de Abraham (Gn. 26:4), un pueblo al que apartó para que le sirviera. A pesar de períodos de esclavitud, de deambular por el desierto y del exilio, los israelitas se convirtieron en una comunidad importante con una creencia radical en un solo Dios.

Más tarde, el idioma obligatorio del imperio macedónico (el griego) dio a los pueblos dispersos una lengua común y acceso a las Escrituras a los judíos separados de su tierra natal. Aparte de esto, los romanos construyeron 80.000 kilómetros de carreteras, facilitando la expansión del evangelio a través del mundo.

El momento del nacimiento de Jesús no fue un accidente. Las vidas de sus antepasados fueron entretejidas en el plan de redención que culminó con el triunfo de Jesús sobre la muerte. Dios utilizó tanto los buenos como los malos acontecimientos para crear el medio perfecto para impactar al máximo.

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PASTOR CHARLES STANLEY


Juan 16:5-15 (Reina-Valera 1960)


5 Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?
6 Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. 7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. 8 Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9 De pecado, por cuanto no creen en mí; 10 de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 11 y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. 12 Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. 13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. 14 El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.

Imagine cómo debió haberse sentido Pedro cuando Jesús anunció que se marcharía. Si para el impulsivo discípulo no era fácil dejarse guiar cuando el Señor estaba a pocos pasos de distancia, ¿cuánto más difícil le resultaría obedecer y mantenerse fiel si Cristo no estaba cerca para darle aliento? Podemos entender, sin duda, el temor y la frustración de los discípulos. Nadie puede seguir a Jesús confiando en sus propias fuerzas. Afortunadamente, tenemos un Ayudador.

Durante muchos años tuve la idea de que, aunque mi salvación era por fe, la aprobación de Dios había que ganarla. Así que hacía lo mejor que podía, pero nunca sentía que era suficientemente bueno. Me esforzaba, fracasaba, lo intentaba de nuevo, y fracasaba una vez más. Estoy agradecido al Señor por haberme dirigido a su verdad.

Porque Dios quiere que sus hijos tengan la victoria, los ha equipado con el Espíritu Santo. Cuando nos rendimos a Él, nos da poder, nos guía y manifiesta la persona de Jesucristo a través de nuestro carácter, conversación y conducta. Sobre el papel, esto parece una suerte de existencia pasiva, pero en realidad, enfrentamos constantemente la responsabilidad de hacer una elección: o bien se pueden seguir la dirección del Espíritu, o bien actuar en nuestras propias fuerzas. Este último generalmente termina en desaliento, desastre, o en ambas cosas.

Piense en los días en los que siente que está “demasiado ocupado para orar”, o piensa: ¿Para qué molestar a Dios con pequeñeces? Entonces usted está confiando en sí mismo. Pero incluso cuando la vida es rutinaria y aburrida, el Padre celestial quiere que dependamos de su Espíritu para guiarnos por sendas de verdad.

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